por Federico Ricciardi*
Al aceptar el desafío de escribir algunas líneas sobre lo que para mí significa Buenos Aires, me encontré frente a una disyuntiva imposible de resolver: la ciudad se puede explicar desde lo poético, para la cual no tengo ningún talento, o desde una perspectiva de desarrollo urbanístico, para lo cual debería pasarme varios meses buscando información.
Frente a la escasez de ideas, pensé también en tomar el camino fácil dedicándome a refutar algunas verdades de este blog y de esa manera poder eludir el desafío de una manera elegante. Por ejemplo, podríamos agotarnos en discutir la cuestión de los límites, sobre los cuales, no tengo dudas: Buenos Aires es cualquier cosa móvil o inmóvil que esté dentro del perímetro de la Avenida General Paz y no tenga un techo de tejas naranjas a dos aguas. La única excepción a esta regla es el chalet que se encuentra sobre un edificio en la Avenida Cerrito, a metros del Obelisco.
Entiendo que esta definición podría dejar barrios enteros fuera de la ciudad… lo siento mucho… por ellos.
Debo admitir que la pregunta “¿Qué significa para vos Buenos Aires?” al principio me pareció muy sencilla de responder, luego de pensarla un poco más me resultó complicada y algunos días después descubrí que es imposible. Pero al menos podemos describir algunos aspectos de ella: sabemos, con seguridad, que es tan hostil como presumida aunque al mismo tiempo puede ser terriblemente seductora. También sabemos que insiste, sinuosa y persistente, entre la melancolía y la arrogancia. Buenos Aires no es una ciudad feliz, nunca lo fue, y no creo que jamás logre serlo.
La ciudad contagia la sugerencia de lo prohibido, ella nació, murió y resucitó cuarenta años después sobre el barro de un pantano siniestro. Al primer fango le siguió otro igual, el del arrabal, sobre los cuales nacieron sus primeros prostíbulos, el tango y la añoranza del que huyó de su país en busca de un pedazo de pan. Buenos Aires es la perpetua promesa de todos los apodos que supo ganar y que nunca se convirtieron en realidad. Es la constante pena de ausencia.
Es la ciudad donde habitan los porteros encargados de nada, los de florida, los siete locos, miles de locos, Manzi, Pichuco, Astor, Charly, el polaco, el chino, el bolita, el tano, el paragua, el gallego, el negro, los rusos que no son de Rusia, los turcos que no son de Turquía, los peligrosos inmigrantes ilegales, el quinielero de los sueños, los señores Groso y Domínguez mateando en el Estrugamou, los fríos saunas, la pizza en el patrullero, los piringundines de Suárez, los telos, los amueblados sin más muebles que una catrera, los reaccionarios petiteros que nunca reaccionaron, los que cuidan a los trapitos, San Pugliese, Leguizamo, los de cartón que juntan carne y hueso, los cheques sin fondos, los funestos gamuzas, los villeros del Patio Bullrich, las familias viendo los aviones aterrizar y despegar esperanzas en Aeroparque los domingos, los conventilleros de la 11, la Rodrigo Bueno, la Dulce, la 31 y los Piletones, el brigadier general Osvaldo Cacciatore, los gatos del botánico, el asado jugoso, los togas de Constitución, las palomas y el balcón de la Plaza de Mayo, los padre Mugica, los patas de lana, la Asociación Amigos del Tranvía y los 840.
Buenos Aires es donde Einstein se embarcó por primera vez en su vida a un avión y sobrevoló la ciudad (un Junker de la marina alemana), donde Borges fue inspector de aves y conejos y donde Soldi se dedicaba a decorar las vidrieras de Harrods. Es el retrato de Quinquela, Berni y Lacámera aunque, por momentos, también es el de Spilimbergo, Sívori, y Xul Solar.
Acá vivieron los inventores de la pizza canchera, la fugazza con queso y la milanesa a la napolitana. También inventamos -lo digo en la primera persona del plural porque ya es de todos- el dulce de leche, el colectivo, el helicóptero, los alfajores, los bastones para ciegos, la picana, la birome, los sifones, y quien sabe cuántas cosas más. Basta decir que “El Satario”, filmada en los burdeles de Buenos Aires para incentivar a los clientes, fue la primera porno filmada en la historia de la humanidad. Como si esto no fuese demasiado ejemplo del enorme espíritu creativo, un gamuza clavado en Radio 10 hace pocas semanas no dudó en espetarme: “Pibe, nosotros inventamos las huellas digitales”.
Tenemos también, como si nuestra estrella fuera poca, la más ancha y la más larga pero, claro, eso es lo que dicen todos. Buenos Aires es, precisamente, setenta balcones y ninguna flor, es el asma del fuelle, la ESMA y la AMIA, es el travesaño de la bombonera, el Ducó y el rosedal, el estaño de sensibleros, chamuyeros, charlatanes y avivados, es donde la Magdalena muere apedreada por sus propios clientes. Es altanera, insolente, pendenciera, espabilada y profundamente tilinga. Esta ciudad es un indecente conventillo de Babel que en una noche de fandango y escolazo perdió hasta el carnaval.
Buenos Aires tiene cinco cardinales: sur, norte, el río, Rivadavia y la autopista. Se encuentran en ella los barrios de Once, Congreso, Microcentro, Cafferata, Los Perales, Norte, Parque Centenario, el Bajo, el Abasto, Pacífico y los siguientes Palermos: Hollywood, Soho, Boulevard, Palermo Centro, Palermo Botánico, Palermo Chico, Palermo Coppola, Palermo Dead o Chacalermo, Palermo Glam, Palermo Queens, Palermo Viejo, Palermo Carga, Palermo Sensible, Palermo Freud y Nuevo Palermo, entre otros.
No sé si será eterna como aseguraba Borges o si no existe como aseveraba Marcel Duchamps, pero estoy seguro que cuando entro al Cuartito y Lucio me pregunta ¿lo de siempre?, este miserable porteño siente que ésta es su casa.

* Como no podía ser de otra manera, inaugura esta sección Federico “Colores” Ricciardi. Colores es Curda Floja y uno de quienes mueven el lápiz en AndaBA. Por sobre todas sus virtudes y defectos, habrá que decir que ostenta el título de “Dr. Maestro”, máximo reconocimiento de la Universidad de la Calle Porteña (UCP).