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Ven a mi Crisis Suburbana (IV/IV)

Capítulo IV: si el Escenario cambia, cambiamos Nosotros

El modelo suburbano deja secuelas que exceden sus desavenencias estéticas. El desplazamiento hacia la periferia no sólo es uno de los fenómenos sociales más potentes de las economías “desarrolladas”, sino que es, desde luego, un gigantesco negocio.

Esta gran reforma de las ciudades es, sobre todo, una gran reforma capitalista de las ciudades. La economía global real depende de la urbanización. Pará de construir y la recesión vendrá como un cross de derecha, sin “salvataje” imaginable.

La cosa se vuelve más complicada aún: si seguimos construyendo, la competencia por el combustible y los perjuicios ambientales se multiplicarán. La ilusión de la “libertad suburbana” se terminará por una sencilla razón: no puede ser sostenida muchos años más.

El punto es en qué posición nos encontramos mientras eso empieza a pasar. Lo más amargo de un marco como este es lo que nos pasa a nosotros en un escenario así. Recuerdo algunas historias de la gran reforma de París en el siglo XIX.

Las anchas avenidas, las vidrieras, la nueva perspectiva del Imperio. Su nueva forma era la necesaria para la circulación de mercancías, sí; pero, a la vez, ayudaba a terminar con esa costumbre parisina de poner barricadas por “cualquier cosa” (tipo la falta de pan).

La última “crisis global” se explica tangencialmente a través de la real crisis que debemos afrontar. Asumirla, supone discutir un modo de vida (para algunos, un negocio vital) que privilegia la libertad como una conquista individual y no colectiva.

Si la utopía es un ágora virtual (o televisivo, o telepático), vamos a un camino dócil y las “crisis” que vendrán no tendrán respuesta social posible.

El detalle de los anteojos de sol, me mata

Ven a mi Crisis Suburbana (III/IV)

Capítulo III: si Nosotros cambiamos, cambia el Escenario

Los ciudadanos siempre fuimos personas con la convicción de que podemos dirigir nuestras propias vidas. Hay gente para todo y, dentro de lo que cabe, cada uno tiene derecho a hacer lo que quiera. Así, una persona como Gonzalo puede elegir dónde quiere vivir.

El punto es que, más acá de sus opciones, la decisión que tomó deja una fuerte impronta en nuestro espacio. Las ciudades que tenemos se dispersan, se difuminan, se diluyen. Entre copa y copa, logro instalar el tema.

Vos sabés que tengo una mente medieval; para mí, lo que nos hace libres es el aire de la ciudad y no al revés”. Aunque confía en lo que digo, Gonzalo cree que me equivoco: ES al revés.

Claro está, los datos están de su lado: en los últimos 40 (30; 20; 10) años, la expansión de la periferia respecto de la ciudad central es bestial. Con matices según el lugar, claro, pero esta tendencia se repite y repite por todo el mundo con pocas excepciones.

Hubo un tiempo en que lo urbano dejó de hacernos libres. La ciudad se volvió un espacio sucio, tóxico. Y había que salir. Quienes escaparon lo hicieron siguiendo promesas de libertad-sin-incertidumbre y seguridad-con-garantías-suficientes.

El precio de esa conquista, sin embargo, cae con efectos muy negativos para la comunidad en su conjunto. De hecho, su particular visión de la naturaleza resulta en un uso hiper-irresponsable de bienes naturales preciosos (energía, aire puro, suelo).

Gonzalo se ríe. Sabe perfectamente que su jardín tiene 300 metros2, que la calefacción está a full y que, a comprar el vino que tomamos, fue en el coche.

En el centro comercial se consigue buen vino francés (y californianos mediocres)

Ven a mi Crisis Suburbana (II/IV)

Capítulo II: Naturaleza en Casa

Me bajo del auto, pago, y saludo a Gonzalo. De fondo, su casa está realmente buena: dos pisos, racionalista. Los ambientes son bien espaciosos. En el jardín tienen tres árboles y la pileta llega hasta el borde del “lago”.

Aunque compraron el terreno (que, por cierto, costó bastante), no se sienten cómodos con las rejas que rodean su “barrio”. Saben que, muy cerca, están las zonas más pobres del área metropolitana pero ¿qué pueden hacer?

Ellos no tienen la culpa (al contrario, tienen el mérito) de ganar la plata suficiente para tener este estándar de vida. “No sabés cuánto más relajante es vivir acá; salgo del laburo, media hora en el coche y aparezco acá. Me cambió la vida”.

El frío está mortal. Pienso que debería congelarme en el lago. Quizás (¿quién sabe?) pueda pedir prestada una tabla y surfear el hielo; tiene que ser interesante. Pero Gonzalo me aclara que “no, no podés bajar desde acá”.

Hay que ir al amarradero aquél porque, frente a las casas, pusieron montículos de piedras para que sea imposible acceder desde ahí…¿No sería más lógico que saquen caminos de cada una de las casas?

Gonzalo se ríe; cree que soy anarquista. Me explica que es una manera de tener limpio el lago, que los vecinos de al lado noséqué. “Calmate. Y entremos, que en la casa hay más calor…Nos tomamos un vinito; la carne va a estar lista en un rato”...

Aire puro, los pajaritos cantan

Ven a mi Crisis Suburbana (I/IV)

Capítulo I: Suburbia (clase A)

Mientras busco el marco para la duda, proyecto cómo me afectará el cambio de escenario del día de hoy y qué podría hacer para modificarlo. Entonces, me bajo del segundo colectivo del día para saltar al remise que me lleve a la nueva casa de un amigo.

Gonzalo se casó hace un par de años y sus sucesivos ascensos (trabaja en un banco, me parece) le permitieron, ahora, “suburbanizarse”. Concretamente, él y su mujer viven en un barrio cerrado a 40 minutos (en auto propio y atravesando peajes) de la ciudad.

Ya en la entrada del “barrio”, el primer ataque de la estética periférica de los pudientes: unos señores vestidos con un uniforme, que ¿? , están muy interesados por saber “¿adónde va?”. Yo me pregunto si irán armados. El remisero los saluda y les informa: “a lo de Xxxxxxx”.

Cruzar el puente levadizo no fue tan difícil. Bastó ir en un auto, tener ojos claros y tirar un nombre que, por suerte, existe…Lo que veo adentro no sé cómo describirlo porque, siendo estricto, no les puedo decir que estoy en un ghetto de ricos.

¿Para qué venir tan lejos? No sé…Gonzalo dice que, para él, “no es tan lejos”; que cuando vivía en la ciudad, tardaba más o menos lo mismo camino al trabajo. ¿Será posible? Por lo demás: no es el campo, no es la ciudad. ¿Es lo mejor de ambos? ¿Lo peor de ambos?

Es el campo manufacturado; objetivamente, lindo. Un camino nos lleva a otro: el lugar es gigante. Y, pensado como una escenografía, no es muy coherente: pasa una casa modernista, un pedazo de césped, una casa rococó, un pedacito de césped, una casa renacentista…

A lo lejos, se ve un “lago” y un tipo cortando el pasto de la orilla…

Caminos rectos; espacios abiertos

Foto: acá

Perturbación Callejera (III/III)

Capítulo III: Para Muestra, sobra un Botón

La multiplicación y la accesibilidad de los espacios públicos hacen a la calidad de la ciudadanía. Siempre me gustó esa idea-espiral que dice “si cambiamos nosotros, cambiamos el escenario; y si el escenario cambia, cambiamos nosotros”.

Esto recuerda la bonita historia aquella, la del espacio que corona las escaleras del AbastoShopping: la “Plaza del Zorzal”. Una bonita parábola que nos muestra que si, hoy, hay “pendejos en las escaleras” es por un signo de época.

El Abasto no existe como barrio, es una zona entre Balvanera y Almagro que todos reconocemos. Si la circunscribiéramos, es posible que quedemos frente en uno de los polígonos con menos m2 de espacio público por habitante.

Sentado a los pies de la escalinata del ShoppingAbasto, veo cómo cambiamos. Doce años después de su inauguración, las escaleras del Shopping ya no son escaleras. Han dejado de ser son lo que son, un espacio de tránsito, para ser lo que son: un lugar.

En las escaleras pega el sol, y es un espacio, más o menos amplio, que sirve para la expresión de distintas “tribus” adolescentes. Algunas (muy pocas) veces, el tener que compartir en lugar tan-precario-para-el-encuentro llevó a algunas tribus a chocar.

Estos pocos roces, permitieron que se los presente como “alborotadores” o “pendencieros”. Pero no lo son: son pendejos…medio-pesados, está bien, como los pendejos…y muy respetables: le dan Vida a un espacio muerto.

Lo peor de los 90s en Buenos Aires (lo peor de todo lo malo) es que las cosas se hacían sin encontrar respuestas, sin siquiera formular preguntas. El Abasto es un viejo mercado recuperado por esos años como un centro comercial.

La ordenanza que fijaba las bases para la “renovación” ponía una plaza pública donde hoy hay escaleras y más allá: cruzando toda la manzana, de Agüero a Anchorena. “La plaza pública se hace, pero mejor”, aclaró el por entonces Intendente (un tal Dominguez).

Y se hizo: se elevó la vereda dando forma a unas coquetas escaleras hacia accesos vidriados que dan entrada a la PLAZA TECHADA. Las previsibles consecuencias nos enmarcan esta tarde: resulta difícil distinguir la “Plaza del Zorzal” del Shopping.

Es un caso claro en que la oferta de espacio público no se corresponde con la demanda. Tenemos grupetes de una población muy sensible ocupando un espacio circulatorio porque es el único lugar al que pueden ir.

Cambiamos. Y, hoy, por propias conquistas (culturales, sociales, políticas) sería imposible una transfugueada como la “Plaza del Zorzal”. Hasta resulta inverosímil el planteo. Pero hay algo en el sistema que no logramos desentrañar (¿en la oferta? ¿en la demanda?).

El espacio público contribuye a la ciudadanía cuanto más polivalente e intenso sea; cuanto más favorezca el intercambio, determinada calidad de relaciones sociales. El lujo del espacio público no es despilfarro, es una cuestión de justicia social y de seguridad ciudadana.

La plaza pública “del Zorzal”

(la foto es del sitio oficial; un SEGURATA no me dejó usar la cámara “adentro del shopping”)

Perturbación Callejera (II/III)

Capítulo II: Yendo de la Cama al Living (¿sientes el encierro?)

En mis ojos, el espacio público tiene formas-de-libertad. Me interesa caricaturizar dos: 1. la “libertad” por falta de coerción; 2. la “libertad” por aceptación de determinadas costumbres (internalizadas o no).

Que se entienda: si quiero escupir en la calle (cosa que, se supone, no debo hacer) tengo dos alternativas: 1. escupir donde no haya nadie que vea mi escupitajo o 2. escupir en medio de personas que no censurarían mi escupitajo.

Si esto es aceptable, diré que nos hemos acostumbrado a asociar la “libertad” más con la modalidad “1” que con la “2”. Así, se podría entender por qué tanta gente se queda en su casa o visita espacios “públicos” delimitados (en los que estén “ellos” y no “otros”)

En nuestro marco, en estos últimos años, el espacio público no dinamiza: no construye ciudad, ni lugares fuertes. Más bien, ordena, funcionaliza, segmenta o fractura el territorio creando islas para determinadas relaciones sociales.

Salir se convirtió en hacerse un refugio, una cama, un living. El espacio abierto se volvió peligroso. Para muchos esta sensación es la que, en última instancia, explica el surgimiento de nuevos artefactos en nuestro paisaje

Este entramado es complejo: en la retracción hay predisposición individual (falta de demanda), a la vez, reforzada y reproducida por las características de los espacios públicos disponibles (falta de oferta).

Flujos instalados: sin lugar. Nuevos ghettos: turísticos, residenciales, comerciales, de “lujo”, de mierda. La degradación de los lugares públicos integradores es un mal esquivado. Las principales víctimas, obvio, son quienes no pueden prescindir del espacio público.

La relación entre espacio-público y espacio-privado es, necesariamente, de tensión. Acá, hoy, la secuela de esta tensión se ve en un lugar-residual cruzado por calles, espacios semi-privados o islas de ocio sin movilidad, ni referentes simbólicos.

Nuestro espacio, ni protector ni protegido

Perturbación Callejera (I/III)

Capítulo I: El Espacio es un Momento

En la ciudad lo urbano es todo y la urbe es nada. Recordaba que, más temprano, estaba echado sobre una superficie fría. Miraba el obelisco y pensaba en los monumentos o, mejor dicho, en la monumentalidad.

Como a tantos, el Obelisco me genera problemas. Por un lado, me parece feo; peor aún, me parece ridículo, hasta vulgar. Su carácter es de cuasi-parodia e invita a la pregunta “¿cuál es el sentido de simular ´gloria´ antigua?

Sin embargo, uno no puede dejar de reconocer su simetría, o ensayar una hipótesis sobre sus “ventanitas”. Pero sobre todo, hay que reconocer su entidad de símbolo: es el hito  que simbolizó los 400 años de Buenos Aires.

Su rol supera comentarios y nos deja ante un espacio accesible en el confluyen tipos de personas muy diferentes. El Obelisco se clava en el centro de un espacio abierto y articula una cuadrícula pensada para crear puentes.

La ciudad es un conjunto de lugares a los que podemos acceder. Y podrán ser unos mejores que otros; abiertos o cerrados; “de paso” o “destinos”. Pero jamás serán simples espacios de flujos; los lugares son formas de vivir la ciudad en la ciudad.

A veces, pienso que lo que llaman “monumentos urbanos” es puro fetichismo. Y que el espacio es un momento. Y que me ancla en la medida en que es un lugar en que hice algo, dije tal cosa o intenté tal otra.

El espacio es un momento y un momento es un acto en un lugar. Así, nuestros comportamientos pueden crear un espacio público donde, jurídicamente, no lo hay. El momento es lo único que garantiza la multifuncionalidad de proyectos urbanos.

Mucho más, es lo que permite la diversidad de usos en un espacio y su adaptabilidad en el tiempo. Es una condición de visibilidad de nuestras mil partes y una sine-qua-non para pensar la integración social.

Este espacio, tan trillado, ES los ocho párrafos anteriores (y muchos más)

La manteca sigue siendo buena

por Federico Ricciardi*

Al aceptar el desafío de escribir algunas líneas sobre lo que para mí significa Buenos Aires, me encontré frente a una disyuntiva imposible de resolver: la ciudad se puede explicar desde lo poético, para la cual no tengo ningún talento, o desde una perspectiva de desarrollo urbanístico, para lo cual debería pasarme varios meses buscando información.

Frente a la escasez de ideas, pensé también en tomar el camino fácil dedicándome a refutar algunas verdades de este blog y de esa manera poder eludir el desafío de una manera elegante. Por ejemplo, podríamos agotarnos en discutir la cuestión de los límites, sobre los cuales, no tengo dudas: Buenos Aires es cualquier cosa móvil o inmóvil que esté dentro del perímetro de la Avenida General Paz y no tenga un techo de tejas naranjas a dos aguas. La única excepción a esta regla es el chalet que se encuentra sobre un edificio en la Avenida Cerrito, a metros del Obelisco.

Entiendo que esta definición podría dejar barrios enteros fuera de la ciudad… lo siento mucho… por ellos.

Debo admitir que la pregunta “¿Qué significa para vos Buenos Aires?” al principio me pareció muy sencilla de responder, luego de pensarla un poco más me resultó complicada y algunos días después descubrí que es imposible. Pero al menos podemos describir algunos aspectos de ella: sabemos, con seguridad, que es tan hostil como presumida aunque al mismo tiempo puede ser terriblemente seductora. También sabemos que insiste, sinuosa y persistente, entre  la melancolía y la arrogancia. Buenos Aires no es una ciudad feliz, nunca lo fue, y no creo que jamás logre serlo.

La ciudad contagia la sugerencia de lo prohibido, ella nació, murió y resucitó cuarenta años después sobre el barro de un pantano siniestro. Al primer fango le siguió otro igual, el del arrabal, sobre los cuales nacieron sus primeros prostíbulos, el tango y la añoranza del que huyó de su país en busca de un pedazo de pan. Buenos Aires es la perpetua promesa de todos los apodos que supo ganar y que nunca se convirtieron en realidad. Es la constante pena de ausencia.

Es la ciudad donde habitan los porteros encargados de nada, los de florida, los siete locos, miles de locos, Manzi, Pichuco, Astor, Charly, el polaco, el chino, el bolita, el tano, el paragua, el gallego, el negro, los rusos que no son de Rusia, los turcos que no son de Turquía, los peligrosos inmigrantes ilegales, el quinielero de los sueños, los señores Groso y Domínguez mateando en el Estrugamou, los fríos saunas, la pizza en el patrullero, los piringundines de Suárez, los telos, los amueblados sin más muebles que una catrera, los reaccionarios petiteros que nunca reaccionaron, los que cuidan a los trapitos, San Pugliese, Leguizamo, los de cartón que juntan carne y hueso, los cheques sin fondos, los funestos gamuzas, los villeros del Patio Bullrich, las familias viendo los aviones aterrizar y despegar esperanzas en Aeroparque los domingos, los conventilleros de la 11, la Rodrigo Bueno, la Dulce, la 31 y los Piletones, el brigadier general Osvaldo Cacciatore, los gatos del botánico, el asado jugoso, los togas de Constitución, las palomas y el balcón de la Plaza de Mayo, los padre Mugica, los patas de lana, la Asociación Amigos del Tranvía y los 840.

Buenos Aires es donde Einstein se embarcó por primera vez en su vida a un avión y sobrevoló la ciudad (un Junker de la marina alemana), donde Borges fue inspector de aves y conejos y donde Soldi se dedicaba a decorar las vidrieras de Harrods. Es el retrato de Quinquela, Berni y Lacámera aunque, por momentos, también es el de Spilimbergo, Sívori, y Xul Solar.

Acá vivieron los inventores de la pizza canchera, la fugazza con queso y la milanesa a la napolitana. También inventamos -lo digo en la primera persona del plural porque ya es de todos- el dulce de leche, el colectivo, el helicóptero, los alfajores, los bastones para ciegos, la picana, la birome, los sifones, y quien sabe cuántas cosas más. Basta decir que “El Satario”, filmada en los burdeles de Buenos Aires para incentivar a los clientes, fue la primera porno filmada en la historia de la humanidad. Como si esto no fuese demasiado ejemplo del enorme espíritu creativo, un gamuza clavado en Radio 10 hace pocas semanas no dudó en espetarme: “Pibe, nosotros inventamos las huellas digitales”.

Tenemos también, como si nuestra estrella fuera poca, la más ancha y la más larga pero, claro, eso es lo que dicen todos. Buenos Aires es, precisamente, setenta balcones y ninguna flor, es el asma del fuelle, la ESMA y la AMIA, es el travesaño de la bombonera, el Ducó y el rosedal, el estaño de sensibleros, chamuyeros, charlatanes y avivados, es donde la Magdalena muere apedreada por sus propios clientes. Es altanera, insolente, pendenciera, espabilada y profundamente tilinga. Esta ciudad es un indecente conventillo de Babel que en una noche de fandango y escolazo perdió hasta el carnaval.

Buenos Aires tiene cinco cardinales: sur, norte, el río, Rivadavia y la autopista. Se encuentran en ella los barrios de Once, Congreso, Microcentro, Cafferata, Los Perales, Norte, Parque Centenario, el Bajo, el Abasto, Pacífico y los siguientes Palermos: Hollywood, Soho, Boulevard, Palermo Centro, Palermo Botánico, Palermo Chico, Palermo Coppola, Palermo Dead o Chacalermo, Palermo Glam, Palermo Queens, Palermo Viejo, Palermo Carga, Palermo Sensible, Palermo Freud y Nuevo Palermo, entre otros.

No sé si será eterna como aseguraba Borges o si no existe como aseveraba Marcel Duchamps, pero estoy seguro que cuando entro al Cuartito y Lucio me pregunta ¿lo de siempre?, este miserable porteño siente que ésta es su casa.

* Como no podía ser de otra manera, inaugura esta sección Federico “Colores” Ricciardi. Colores es Curda Floja y uno de quienes mueven el lápiz en AndaBA. Por sobre todas sus virtudes y defectos, habrá que decir que ostenta el título de “Dr. Maestro”, máximo reconocimiento de la Universidad de la Calle Porteña (UCP).

la Vida y la Pelota (4 de 4)

La Pelota se mezcló en mis sueños antes de que los tuviera.

Se mueve en los rieles de mi personalidad y me lleva siempre al mismo lugar…

Así, no sé si el Mundial va por tierra o conduce subterráneos.

Pero parece bien real…

El Mundial es la mercancía mass-mediatica más potente de la tierra.

Es la vidriera del absurdo:

hay tiempo para gritar contra la injusticia y para odiar un penal mal cobrado

o el comentario-de-ascensor del mes: “el fútbol, querido, es pura imaginación”.

…una de las actividades más corrientes de nuestras vidas…

la Vida y la Pelota (3 de 4)

Hablamos del punto en el que los lenguajes ¿de los hombres? de esta ciudad se unifican.

Acá, todos hablan…uf…todo el tiempo. Pero en registros muy diferentes. Si hay que hablar de rock, de política, de un espectáculo masivo de fuegos artificiales o de lo que sea: aquél garca de allá lo hace de manera muy diferente a este reventado.

Pero, si hablan de fulbo, su discurso es IDÉNTICO…Aunque no estén de acuerdo en nada, aunque apliquen criterios racionales o irracionales, el registro es IDÉNTICO. Casi que diría que el discurso del fútbol no hace distinciones de clases.

Es el único corte de la cultura popular (que se me ocurre) donde esto se muestra así.

Es una experiencia casi teológica. O dominamos la cancha o somos dominados por ella.

Acá, toleramos (y financiamos con nuestra tolerancia) a una caterva de crueles periodistas que van por un millón de programas, retrasmitiendo una y otra vez goles…y jugadas…y más goles…y el “color de las tribunas”.

Entonces, los lugares comunes (los más atroces) pasean frente a nosotros como verdades reveladas. Filosofía de vida: o “la tirás al lateral” o “te escapás por la línea”. Un hombre es su juego: o “es contundente” o “le faltan un par de jugadores”.

El fútbol nos vuelve a nosotros, desde nosotros, como una historia de santos y farsantes.

Increíblemente, el fútbol parece lo único nacional y popular de este país